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A las 6 y pico

Tú eres yo

Tú eres yo

Enkarmada, dócil, ausente
A favor de nuestras mentes,
Llegas a mí sin estar yo
Y me voy contigo
Del lugar donde no fuimos.

No soy la mitad de ti
Sino la otra parte de lo que eres
Entonces,
Tú eres yo
Y yo sin ti no me encuentro.

Enkarmada, dócil, presente
En mi cuerpo
Y tras el tuyo
En un solo ente,
yo soy a través de ti, tan yo

Saber gozar

Saber gozar

SABER GOZAR

Entramos al apartamento dejando los primeros intensos fríos del invierno afuera, corriendo nos desvestimos y nos metimos en la cama.
Encendimos el televisor, pusimos el vídeo y nos acomodamos a deleitarnos de la película.
Nuestras piernas se entrelazaron, nuestras manos se acariciaban entrecruzando dedos, mimos, caricias, simulando buscar calor.
El film comenzó a rodar, su mano se deslizó suavemente hasta mi entrepierna, haciendo a un lado mi ropa interior, abrió primero mis labios mayores encontrándose con mi erecto clítoris, con la yema de sus dedos lo fue acariciando provocándome un cosquilleo que se expandía por todo mi cuerpo.
Jugaba con mi sexo a su antojo, introduciendo primero uno, luego dos, tres, hasta cuatro dedos, iban desde el clítoris hasta la puerta de mi ano, retrocedían, volvían a retomar el camino andado, tras cada movimiento una oleada de placer me invadía, quería que me penetrase ya, pero a la vez me gustaba prolongar el deseo.
Ese deambular por mi pubis aumentaba más y más mi excitación, cerraba mis ojos y me imaginaba como me poseería, cuál de todas las posturas elegiría, si quisiese imitar al protagonista de la película cuya joven estaba en cuatro con su ano dilatado por la lengua y los dedos de Rocco, o tal vez mis piernas abrazando su cuello y su pene entrando y saliendo de mi vagina mojada.
Fue otra la postura que eligió, abrió mis piernas luego mi vulva y se zambulló en ella, su lengua entraba y salía por mis agujeros, al igual que sus dedos.
Me tomó de sorpresa, demorando más y más el placer que ya había comenzado a darme, él sabe bien como hacerme gozar, como provocar que mi cuerpo vibre tras cada lamida, su lengua ávida de goce hurga en los más recónditos rincones, buscando y dando placer.
Tomó entre sus labios mi clítoris, introdujo tres dedos en mi vulva y dos en mi ano, sus movimientos eran circulares, entrando y saliendo sin parar hasta que mis humores inundaron su boca y un grito de satisfacción saturó el ambiente.
Después del estallido viene la calma, mi cuerpo se fue aflojando poco a poco, dejando atrás el temblor que le produce el goce.
Su miembro erecto me miraba como pidiendo ser complacido, me lancé sobre él, luego lo saqué lentamente y lo fui saboreando despacio, le pase mi lengua por todo su entorno, desde la cabeza hasta la base, repetí ese rito una y otra vez, acelerando los movimientos hasta sentir como su leche espesa y tibia bajaba por mi garganta, lo relamí hasta no dejar rastros de su regocijo.
Tendidos sobre la cama continuamos mirando el film, su mano inquieta no dejaba de masajear su pene; me gusta ver como se masturba, me excita, me calienta, su mano familiarizada con su apéndice sabe que manera otorgarse placer.
La mueve suavemente descabezándola, luego la vuelve a ocultar bajo el pellejo para volver a dejarla al descubierto, sus movimientos van tomando ritmo y cada vez se hacen más rápidos, acompasados, su respiración va cambiando, se hace más fuerte, acelerada, su corazón palpita con mayor fuerza, acompañando su esperma un grito de placer escapa de su boca, me besa fuertemente y cae sobre la almohada.

Dolores y Markus

Dolores y Markus

Boceto.
Grafito sobre papel.

Bueno, os presento a unas personas que son importantes para mí (sobre todo Dolores).

SERRANA

Las gotas de lluvia golpeaban en el cristal de la ventana incesantemente, el viento doblaba las ramas de los árboles y el frío era tan intenso que se iba colando por las paredes.
Me serví una copa de cognac y me conecté a internet mientras esperaba a Martín.
Abro mi correo y había recibido un e-mail de mi amiga Serrana invitándome a chatear.
Entro a la sala y estaba esperándome, luego de saludarnos decidimos abrir una sala privada, a fin de conversar más cómodas.
Paula - Hola que tal como has estado todo este tiempo?
Serrana - Algo complicada, pero ahora estoy mejor y vos?
Paula - Yo bien, sigo con Martín y nuestras aventuras como siempre...
Serrana - La verdad que te envidio, encontraste al hombre ideal, que te sigue la cabeza, no te censura, es más te apoya en todo.
Paula - Es recíproco, también yo lo continento, con relación a la sexualidad cuando decidís atravesar la frontera tenes que tener las cosas muy claras y alguien al lado que te sostenga.
Serrana - Es verdad en lo que decís, en cambio yo, aquí estoy con mis frustraciones y mis fantasías, nada más.
Paula - Porque fantasías, está en vos en llevarlas a cabo.
Serrana - Puede ser, pero ...no sé, no me animo.
Paula - A que le temes?
Serrana - No sé si es temor, o pudor, o como llamarlo.
Paula - No me digas que no te gustaría sentir las caricias de una mujer en tu cuerpo, su lengua recorriéndote, sus dedos explorándote y descubriendo sensaciones nuevas, diferentes.
Serrana- Paula, por favor, no escribas esas cosas que me siento incómoda.
Paula - Incómoda, o te gustan? Creo que más bien te excitan, o me equivoco?
Serrana - Bueno, no sé..... en realidad me excitan...
Paula - Si te excitan, porque mejor no las disfrutas, relájate.
Serrana - Es fácil decirlo, pero hacerlo...
Paula - Imagínate que mis manos van acariciando tu cabello, te lo retiro de los hombros y comienzo a hacerte un suave masaje para que vayas aflojándote.
Estas muy tensa, mis manos se mueven despacio en tu nuca y tus hombros, para que te sientas mejor te quitare el sweater.
Mis manos tibias acarician tu piel suave, cerras los ojos y empezas a sentir.
Serrana - Paula, por favor, no sigas, no seas malita....
Paula - Voy masajeando tus vértebras una por una, tenes muchos nódulos en tu espalda, trataré de que te aflojes.
Poco a poco te vas relajando, ya parece que no estas tan tensa, te gustan mis masajes?
Serrana - Tus palabras actúan como tus manos, realmente me siento mejor, menos tensa, ni quiero pensar lo que sería sentirlas de verdad.
Paula - Hace de cuenta que son reales. Mis manos siguen bajando por tu espalda, ahora los masajes se intercalan con caricias, besos suaves.
Te gusta, los estas disfrutando?
Serrana - Si me gustan...
Paula - Te quito tu ropa interior y paso mis manos por tus nalgas, bajo un poco más y acaricio tu vagina con las yemas de mis dedos, puedo sentir la humedad de tu sexo, tímidamente abres un poco más las piernas y así exploro tus hendiduras.
Serrana - Mmmmm, que placer.
Paula - Siente como mis labios rozan tu clítoris, como mi lengua se va abriendo camino en tu cueva húmeda, calurosa, tupida.
Mi lengua sigue internándose en tus agujeros, buceando en ellos, saboreando tus jugos.
Serrana - Por favor, Paula, para ya, detente, me estoy mojando en serio y me da vergüenza.
Paula - Ese es mi cometido, hacer que te mojes y me desees.
Ahora estas frente a mí, tus pechos me invitan a degustarlos, tus pezones están erectos se sienten suaves al tacto, los beso, los acaricio, te gusta.
Serrana - Si, me encanta, no pares, continúa.
Paula - Nuestros labios se encuentran por primera vez, tu tímida lengua busca la mía.
Nos besamos apasionadamente, ahora tus manos quieren conocer mi cuerpo, me tocas, me acaricias, me besas.
Serrana - Sigue, sigue....
Serrana - Paula, Paula, donde estas?? Contéstame por favor.
La tormenta cortó la luz y también los sueños.

Lo unico importante en la vida...

Llegué a casa de Mónica en unos minutos, evitando correr la última cuadra por un mínimo de respeto hacia mí mismo. Toqué el timbre corto, prometiéndome contener mi ansiedad, o por lo menos no hacerla muy visible. Naturalmente fue inútil, la visión de Mónica, con su pelo renegrido como, como. Bueno, renegrido, lacio y largo hasta la cintura. Bastó verla- decía- para comenzar mal; disculparse por una demora de más o menos media hora no entra en los cánones del galanteo según lo entienden los argentinos.
Ella captó al vuelo mi debilidad, y su movida fue magistral: No importa –dijo, enlazándose el cabello con las dos manos - igual vamos a volver
Temprano. Vaciló – hace mucho frío - agregó, y una luz pasó por su rostro de camafeo, muy blanco y de labios intensos, vibrantes, tan deseables...
Le agradecí mentalmente que haya moderado la dureza de la primera frase con esa sonrisa. En todo caso lo reducido de nuestro paseo podría atribuirse al clima, y no a mi poca importancia. Aunque naturalmente que no eran excluyentes.
Caminamos hacia la avenida, a paso rápido ¿Por qué? Intercambiamos alguna que otra información sobre lo avanzado (en su caso) o no (en el mío) de nuestros estudios. Mis miradas la recorrían ávidamente, a pesar de mis esfuerzos por mantener la vista en algún punto indeterminado entre sus ojos color miel y su labio superior. Era infructuoso, mis ojos derrapaban hacia su boca, declinaban en su cuello, en ese triángulo de piel blanca que la bufanda no alcanzaba a cubrir, para terminar inevitablemente en la curva del nacimiento de sus pequeños pechos y ¡Gloria a Dios!, En el compacto pezón que el frío marcaba debajo de su jersey.
La noche iba perdiendo un poco de la típica humedad de junio a favor de un viento casi molesto que soplaba del lado del parque. Al arrebujarse en su abrigo la sentí un poco más distante, pero su boca me sonreía, la ternura me inundó en ese momento, y me sentí algo menos insignificante.
Parados en el cantero central de la avenida esperamos a cruzar, instintivamente estiré mi brazo para protegerla del hipotético (e improbable) peligro del colectivo que iba frenando en la esquina, y ¡El milagro se produjo! Mi mano encontró la suya, suave y receptiva. Atravesamos la calzada, me armé de todo mi escaso coraje, y no la solté. Mientras fabulaba para ella todas las aventuras que había corrido, desde el ya lejano verano en que tuvimos nuestro último acercamiento, nuestras palmas, falanges y yemas mantenían su propio diálogo, reconociéndose, engendrando una íntima tibieza compartida.
Pasamos frente a la puerta del cine, Mónica ya había visto la película (cómo no), pero a mí me atraía la posibilidad de pasar un rato en la oscuridad. La función estaba empezando, el hall estaba vacío, y el boletero, hurgándose la nariz, miraba fijamente el afiche de la película, como descubriendo algo que había quedado oculto a las setecientas veces que lo hubo leído antes.
Pero, bueno, su negativa a mirar de nuevo una película vista sólo dos semanas antes era extremadamente lógica, y Mónica era de convicciones firmes y gustos definidos. De todos modos para entrar al cine había que pagar entrada, para eso se necesitaba dinero, y para extraer los pesos legítimamente ganados al tano tendría que soltar su mano. Y eso no, por nada del mundo, pensé, mientras me prometía a mí mismo no cometer nuevamente la torpeza de tomar su mano izquierda.
- No importa - dije, no muy convencido, pero aparentando seguridad - Vamos a la pizzeria.
Era una prueba de fuego. Acceder significaba que no le importaba que el barrio nos viese juntos. Si era una maniobra urdida para provocar los celos del flaco no pasó por mi cabeza en ese instante (y creo que tampoco me hubiese importado).Pero luego de entrar ella me condujo, de la mano, hacia una mesa junto a la ventana, previsiblemente empañada (la ventana. La mesa, también previsiblemente, estaba sólo un poco sucia)
Hablamos de nosotros: cuan insoportable era su hermana mayor, que adorable era mi hermano menor, la proximidad de las vacaciones de Invierno y la situación política del país, tema este ultimo que quedo casi a mi exclusivo cargo. La vehemencia de mis opiniones de aquel entonces parece que me anotó algún tanto a mi favor. He aquí un punto que los sociólogos deberían investigar: La radicalización del discurso político masculino es directamente proporcional a la proximidad a una mujer deseada. Y de Mónica yo deseaba todo, desde su hálito sobre el vidrio hasta sus uñas cortas tan poco agresivas; desde su garganta hasta la curva suave de su vientre, soñados (y evocados) desde el anterior verano.
La noche avanzaba, y mis progresos, aún para un observador imparcial, eran notables.
Cualquier duda que mi animo abrigara respecto de sus verdaderas intenciones al salir conmigo se disipaba al calor del formidable aliento que mi ego estaba recibiendo.
Mis descripciones de la última votación en el centro de estudiantes provocaban francas expresiones de hilaridad. Estaba en el camino, lo intuía como cuando palpitaba el triunfo acercándose al ver a mi adversario manipular nerviosamente el taco de billar. Mónica bebía de mis palabras, mi discurso nunca estuvo cargado de adjetivaciones tan exuberantes como esa noche. Yo era “El martillo de los herejes”, que golpeaba a la barbarie, el atraso, el imperialismo, el sistema capitalista y la condición humana. Y detrás de toda la podredumbre que nos rodeaba aparecía la luminosa figura de quien seria su redentor: un servidor, a la sazón abocado a una empresa menos rimbombante pero quizás mas decisiva para su futuro inmediato: la seducción de la adolescente mas pretendida del barrio y sus alrededores; la dulce fruta que todos codiciaban y (pero este pensamiento lo aparte rápidamente de mi cabeza) solo uno había probado.
La noche huía sin atenuantes, en pocos minutos comenzaría a salir la gente del cine y a desparramarse por la avenida rumbo a sus hogares.
- ¿Vamos? - propuse, vagamente, intencionadamente, quizás un poco tramposamente.
No hubo preguntas, sus ojos respondían. Al salir me dirigí en sentido contrario a nuestro rumbo previsible de vuelta a casa. ¿Adónde? No lo sabía. Desesperadamente le ordenaba a mi cerebro que me diese algún indicio. Pero ya se sabe: ninguna experiencia previa tenía en el baúl de mis recuerdos, ningún manual aconsejaba para estas situaciones. Es duro enfrentarse a las propias limitaciones. Yo debía improvisar.
Y – por supuesto – solo mucho después entendí que estaba repitiendo el mismo ritual en el que millones de machos de la especie habían fracasado, y vuelto a fracasar. Sólo para volver a intentarlo, la vida misma lo ordena.
A medida que sentía la boca mas seca mi conversación languidecía. Mónica parecía esperar algo de mí, y, o bien yo no sabía qué era, o decididamente carecía de ello.
Empero, aun el peor de los suplicios llega a su fin, y – como supe mucho tiempo después – este tormento agridulce tiene la belleza de lo irrepetible.
El invierno decidió por mí: comenzó a lloviznar. El toldo de la panadería sirvió de refugio, mezquino y oscuro nos obligaba a aproximarnos, es decir: ideal.
Miramos juntos la lluvia, no había más palabras. Tragué saliva varias veces. Mónica me miraba sin pestañar. Ahora llovía torrencialmente, el ruido del agua sobre el piojoso toldo era atronador, acerqué mi boca a su rostro, muy lentamente, mientras nuestras manos jugaban sus propios rituales, nunca aprendidos, pero misteriosamente acompasados, como si se conocieran de toda la vida: entrelazando dedos, presionando y cediendo, cóncavo y convexo, penetrando y envolviendo. Sin ceder, sus ojos tiraban de los míos. Cuando se cerraron fue como una orden, callada, inmediata y perentoria: mis labios resecos se aproximaron a los suyos, y el destino que los dioses tejieron se cumplió; y el castigo por mi soberbia llegó, y dije lo que estaba escrito que diría.
Laboriosamente, casi susurrante: "¿Querés coger?".

Textos anónimos

Supongo que alguien habrá notado que tres textos que estaban como anónimos, ahora están como textos míos. Por supuesto, si he cambiado esos textos de categoría es porque son míos (y, ya que los mandé desde el ordenador que uso habitualmente, imagino que no habrá ningún problema para demostrarlo, por si alguien se queda con la duda), pero creo que conviene explicar un poco más la decisión.

En un foro de Atramentum, alguien argumentaba que un autor no puede reclamar ningún derecho sobre un texto que figura como anónimo, y pensándolo bien creo que tiene razón. No soy experto en leyes (no es mi tema, por otra parte jamás he registrado un texto, y los que tengo en las páginas van firmados con pseudónimo, por lo que desconozco qué derechos podría reclamar legalmente sobre ellos), sino que se trata de una cuestión ética. Supongo que sería legítimo reproducir un texto anónimo sin preocuparse por averiguar de quién es el autor. Sin embargo, no era esa mi intención al subir textos a la sección de anónimos. Me interesaba que se leyeran esos textos sin que se supiera que eran míos, pero no renuncio a mis derechos como autor.

También quiero aclarar que no es que me haga ilusiones acerca del valor literario de esos textos. Pero de algún modo son mis criaturas, y qué quieren... uno se encariña.

Otra cosa: he puesto mi e-mail en la sección "autor/a", así, si alguien tiene interés en usar los textos que tengo colgados aquí (por ejemplo, para leerlos en una radio), puede ponerse en contacto conmigo. La idea es que quien quiera haga lo mismo, y así será todo más fácil y claro.

Saludos

El espejo

Siempre he sido un tipo bastante insensible, y me daba todo igual. El otro día, mirándome al espejo, descubrí por qué. Me di cuenta de que era la imagen que se reflejaba, y que a quien contemplaba era a un ser de carne y hueso, que vivía en el mundo real, con sus pasiones y todo eso. Me pregunté cómo era eso de sentir, y no sólo repetir los gestos que estaba viendo (¿de tristeza? ¿felicidad? ¿sueño? ni siquiera lo sabía). Me lo pregunté, pero vamos, que me daba igual.

Época contradictoria

Si los trenes van a la velocidad de la luz, y los aviones llegan antes de salir, dónde iremos con tanta prisa, si ya todo es igual.
Y si nuestras telecomunicaciones son sofisticadas y nada tenemos que decir, porque todo da igual; y si se alarga la esperanza de vida, pero sin esperanza, porque qué más da... quizá algún día, en nustras sociedades industriales, gracias al progreso y al estado del bienestar, todos seremos casi iguales, y no correrá la sangre, pero tampoco sabremos si la llevamos en las venas.

Pero tampoco es para tanto. El sol, a todas luces, sigue brillando. Y si deja de hacerlo, es sólo una estrella entre tantas otras. Nada es para tanto... cuando todo da igual.

negro

Yo no sé nada, absolutamente nada, tengo que conformarme con ver, con ver lo que hay y con las palabras, que quizá pueden describir aproximadamente lo que hay, aunque no me haga muchas ilusiones al respecto, además, ver, lo que se dice ver, no veo nada, o dicho de otra manera, lo veo todo negro, y quizá yo sea precisamente el color negro (alguien o algo debo ser, pues esto es un texto literario, más bien prosaico, narrativo y en primera persona - y esa primera persona es precisamente lo que soy, si entendemos la palabra "persona" en su sentido más amplio de sujeto, y no en el sentido estricto de ser humano -, podría añadir que el texto en cuestión es bastante confuso o mejor dicho difuso, y, según empieza, podría añadir también, por qué no, que es bastante malo, ya digo que no me hago muchas ilusiones), pero no sé realmente si esto de ser un color (esto de que el protagonista sea un color) puede dar mucho juego literario, eso ya depende del autor, y tampoco acerca del autor me hago muchas ilusiones, probablemente es algún escritor fracasado, como la mayoría de los escritores (qué le vamos a hacer, cada cual tiene el autor que le ha tocado, incluso aquellos seis personajes que creían ir en busca de un autor, no tienen más remedio que ser personajes de Pirandello o no ser nada), además, el negro, ¡el negro! qué clase de color es ese, que no es ni siquiera, según dicen, un color, claro que es posible, ahora que lo pienso, que yo no sea nada (se me ha ocurrido al pensar en el negro (color que ni siquiera es un color, y que uno tiende a asociar a la nada) y en los personajes de Pirandello que si no fueran personajes de Pirandello serían precisamente eso, es decir, nada (¡ojalá yo fuese un personaje de Pirandello!, pero no lo creo, porque Pirandello escribía en italiano), pero tampoco tiene mucho sentido, porque cómo voy a ser nada si veo (veo el negro, pero en definitiva veo, y eso ya es algo) y además tengo las palabras, que también son algo, no sé, quizá sea nada (o nadie, o el color negro) en un sentido figurado, metafórico, al fin y al cabo se suele decir "no somos nadie", o "lo veo todo negro", y son frases que se asocian a estados anímicos concretos, a la tristeza, más bien, incluso a la depresión, también se asocia el negro a la muerte, por ejemplo es negra la ropa del que guarda luto por la muerte de un ser querido, entonces quizá yo esté muerto, pero esto tampoco me convence porque los muertos, que se sepa, tampoco tienen la capacidad de ver (ni siquiera ven el color negro que se asocia a su estado), y tampoco tienen palabras, que se sepa, pero sí es posible que sea la Muerte, eso sí, aunque claro, sería la Muerte de una forma más bien alegórica, pues la muerte es un concepto y los conceptos no hablan, sino que se habla acerca de ellos, o también puedo ser (se me acaba de ocurrir, no sé, es sólo una idea) mi propio autor, ya sé, ya sé que en literatura normalmente conviene distinguir claramente al Autor del Narrador, eso lo sabe todo el mundo, pero no deja de ser una convención bastante artificial, pues aunque yo sea el Narrador, mis palabras no dejan de ser las palabras del Autor, y qué tengo sino mis palabras, claro que también es verdad que lo veo todo negro, y se puede objetar que el autor tiene que ver algo para estar escribiendo (pues un escritor lo que hace es escribir), por lo menos vería una hoja de papel en la que se van trazando las letras, o una pantalla de ordenador iluminada, pero esta objeción no tiene en cuenta que también hay autores ciegos, autores que no escriben directamente sino que dictan para que otro escriba, o quizá (y esto me parece más probable) soy el autor de una forma (como decía antes) metafórica, es decir, no soy el autor sino una especie de proyección del autor, y ver todo negro sería una especie de proyección del estado anímico del autor, que quizá está triste o deprimido, o está pensando en la muerte, o se siente un poco como si no fuera nada, lo que suele llamarse una crisis existencial, claro que esto no deja de ser una hipótesis, y yo sigo sin saber quién soy o qué soy, pero en el fondo qué importancia tiene, si, como decía antes, probablemente soy la criatura de un escritor fracasado, y es probable que esto no lo lea nadie.

Podemos ser

Podemos ser

Algunas personas piensan
que estamos al borde del abismo.

Alguien avistó una playa
donde no volaban las gaviotas.
Pero yo se
que podemos allanar cualquier camino,
Y que podemos levantar las lápidas
De nuestros pozos imaginarios.

Ven, acércate
Vamos a pasear juntos,
Vamos a hacer como si tuviéramos alas
Algunas personas pueden hacerlo.
Y si te digo que pueden
Es porque creo
Que podemos ser,
Lo que queramos.

academia nocturna

academia nocturna

Salgo a las horas del día
en las que la noche toma calle.
Intento dormir las manías
que sólo se dan a la luz del sol,
y alimentar a las tinieblas
que se besan con el Último Beso.
Me caigo, y no me levanto,
pero nunca olvidé reptar
hasta el bar más cercano,
o digerir hasta el empacho
el suelo, que de duro, me ablanda.
Prefiero el amor con mentiras,
a la castidad más honesta de todas,
y hubo un día en el que sonreír
era gratis a los ojos de Dios.
Sigo apostando por charcos con lluvia,
y por la sonrisa sorpresa, que ríe callando,
cuando despiertan los llantos,
que no supieron saber a dormir.

© wilipokit “academia nocturna”

Sueños IV

Soñé , mi amor , con tu muerte .Llegó ligera como una pluma que te acariciaba. Sonreíste plácidamente y parecías feliz . Feliz y muerto.Al despertar sólo encontré el peso imposible de tu ausencia .

Déjame atravesar el cristal

Déjame atravesar el cristal

"Javi"
Elena 05
Acuarela.

Déjame atravesar el cristal
tras el que escondes tu inteligente mirada
cálida, atrayente e ingenua mirada.
Permíteme atravesar el escudo
que ciega cuatro de mis sentidos,
sin bien se me ha permitido mirarte
yo quiero ver más allá
palpar con mis manos tu sonrisa
olfatear tu timidez mientras
yo te la arranco a mordiscos
saboreando el néctar de nuestra amistad.
No me impidas llegar hasta a ti
pues en realidad sólo estamos a un paso
líneas paralelas a la espera
de que un mínimo desvío colabore en su unión.
Pero lo que yo quiero que asumas
es que eres rico y no lo sabes
que deseo tenerte cerca
porque al menos lo sé yo.

Silencio

Silencio

COMPAÑEROS DE VIAJE

COMPAÑEROS DE VIAJE

COMPAÑEROS DE VIAJE

Siempre que viajo en cualquier medio de transporte público me persigue una obsesión, yo diría enfermiza obsesión, por saber o adivinar la profesión de mis compañeros de viaje. Me ha ocurrido muchas veces y no ceso en mi empeño hasta encontrar respuesta a mis dudas; aunque, en honor a la verdad, casi nadie es lo que aparenta, si no es que se nos coge con las manos en la masa.

No lo puedo evitar, tan pronto me siento frente a alguien con el que debo compartir varias horas de viaje, mis ojos se convierten en microscopios y mis oídos en intuitivos espías, tratando de encontrar el cabo que me lleve al ovillo. Provoco conversaciones y comentarios que me faciliten la investigación, sin otro ánimo que dar reposo a mi mente.
Durante un viaje en tren de Valencia a Madrid, destino Gijón, coincidió que tres pasajeros (dos señores y una señora) llevaban el mismo destino, por lo que hubo tiempo de conocer varios aspectos de nuestras respectivas vidas, pero en lo que a la profesión se refiere, no encontraba satisfacción a mis deseos.

Como siempre, comencé la pesquisa tratando de encontrar algún indicio en los gestos, en los movimientos y en sus modos de hablar.
Mientras miraba al señor más próximo, me decía a sí mismo: de ninguna manera responden sus modales a lo que estoy pensando, porque yo persistía en la idea de que era un alto funcionario de la banca. Pero no, un funcionario de banca es más prolífico en sus expresiones, es más carismático y envolvente, como si nos quisiera embaucar en algún proyecto y una vez conseguida su rentabilidad nos vuelve la espalda. Vale, tampoco es eso: también hay banqueros honestos –me reprocha a sí mismo. Por su forma de hablar también encontré algún atropello a la gramática en lo que se refiere a giros verbales y modismos mal empleados. Lucía valiosa sortija en el dedo anular izquierdo y reloj de oro, manos y uñas bien cuidadas y sin el menor vestigio de callosidades por efecto del trabajo, es decir, terminé por convencerme que era un enchufado camino de convertirse en un proyecto de nuevo rico y defensor de la globalización, pero a lo basto.

El otro acompañero era un hombre de tez pálida, de mediana edad, educado y poco dado a la conversación banal y frívola. Sus intervenciones eran más bien para puntualizar y matizar conceptos que para exponer un tema y someterlo a la opinión de los demás. Siempre se expresaba en un lenguaje académico y culto que ponía de manifiesto que era un licenciado, ¡vaya usted a saber en qué rama del saber! Su mirada, a través de sus lentes, era profunda, y sus gestos congelados no se inmutaban ante la sorpresa o el prolongado silencio. No había más que ver sus manos, de dedos largos y afilados, para pensar que estaba ante un pianista o un cirujano. Sí, esos dedos son los que sacan el hígado o el corazón a los enfermos y los manejan como manejan los matarifes las entrañas de un cerdo. Seguro que no se inmutaría si me viera con las tripas fuera y luego las metería a puñetazos. ¡Qué atrevimiento! Me estremecía sólo al pensarlo.

La señora gozaba del don la palabra fluida, atropellada y directa, enlazando un tema con otro, sin demora ni reposo, pero siempre con conocimiento de causa y haciendo de fiscal en sus juicios y críticas no siempre justificados. Me pareció ver en ella todos los rasgos que caracterizan a la tendera de barrio, en la que todas las noticias de la calle llegan a sus archivos para luego divulgarlos para gozo y deleite de sus clientes. Cierto, no estaba equivocado, porque sólo había transcurrido media hora de conversación cuando ya había desempolvado la historia de su vida, desde sus antepasados, hasta nuestros días. ¡Vaya, por fin acierto una vez! -susurré satisfecho.

Sucede que cuando ya me daba por vencido y era incapaz de desvelar el secreto tan celosamente guardo por los otros dos compañeros de viaje, una señorita que viajaba dos asientos más atrás, con aspecto débil y enfermizo, sufre una lipotimia y alguien se levanta demandando la presencia de un médico. Mi compañero, de los dedos largos y finos, como impulsado por un resorte, se levanta y confiesa: “Sí, yo soy médico”. Sus palabras llegaron a mis oídos como llega la más dulce melodía, y nuevos aires de triunfo me envanecieron por un momento hasta sentirme capaz de descubrir todos los secretos de la naturaleza. No es para tanto, imbécil, es más casualidad que intuición, además, todavía te falta uno por adivinar. Sí, es cierto, no sé a qué viene desollar el zorro antes de cazarlo –mascullé para mis adentros. No obstante, mi estrategia investigadora seguía su curso, y el supuesto banquero no estaba por la labor de colaborar para redondear el mayor triunfo moral de mi vida.

Pero el tren seguía como una serpiente arrastrando su trasero por maravillosos paisajes, hasta que en este estado de cosas llegamos a Gijón, cuando ya anochecía. Y cuál no fue mi sorpresa cuando, al bajar del tren, a la vez que me ofreció su mano para despedirme, con la otra me entrega una tarjeta a la vez que me decía: “Si tienes algún dinero que guardar, éste es tu banco”. Guau.
Cayetano Bretones

Allá donde reposan los cementerios

Allá donde reposan los cementerios

Me calmo en mi propia serenidad
Buscando facciones en la ventana
Y quisiera encontrar una música
Capaz de vaciar todo lo que me sobra.

Quisiera flotar con el humo
A la tranquilidad que me hace sentir plena.
En estado ausente, viajo sola
Al tejado de enfrente
Buscando respuestas a verdades
Que dejaron de serlo.

Y respiro profundamente y me consumo,
Como un cigarrillo o una taza de té
Que deja de ser taza
Para formar parte
Del único calor que me queda.

Quisiera encontrarme en un horizonte lejano,
Allá donde reposan los cementerios
De los que han sido olvidados,
Porque acabo de morir en una mente,
Como muere el hombre
Que se sabe inmortal,
Hasta que muere.

El sol de la mañana

El sol de la mañana

"Hotel room"
Edward Hopper.

Llega la mañana, los rayos de Sol de un nuevo dia se introducen por mi ventana. Continúo durmiendo plácidamente mientras los dorados rayos cubren mi cuerpo tendido, susurrando...

- levántate, todo ha sido un sueño.
levántate, olvida lo soñado.

Poco a poco me desperezo, ya es otro dia. Un bonito dia de verano cálido y limpio. Me asomo por la ventana y veo el resplandeciente cielo azul. Me siento como si algo hubiera cambiado en mí, pero no consigo descifrar qué es.

Entonces me vienen vagos recuerdos de algo vivido, ¿o tal vez se trata de algo soñado?

Recuerdo que fuimos amigos, recuerdo haber compartido aventuras contigo.
Recuerdo pasear junto a ti por kilométricas playas desiertas de arena blanca. Nuestros cuerpos desnudos tostándose al Sol, jugando como niños; el retozar entre las olas a la orilla del mar; el dormir abrazados bajo la luz de la luna, sintiendo tu aliento en mí.
Me acaricias el pelo, es tan relajante...
Recuerdo haber robado un barco para llegar hasta ti.
Recuerdo una estación de tren a la que acudes a recogerme; después, un viejo Hotel con aire acondicionado; nuestras risas bajo las sábanas...
Recuerdo el sabor de tus besos, sabían bien.
Recuerdo el haberte deseado, tú me deseabas también.
Recuerdo el anhelo de tocarte, acariciarte, sentir tu cuerpo contra el mio.
Recuerdo haber tenido miedo pero haber confiado en ti. Recuerdo el sonido de tu voz. Tú también confiaste en mí; qué grata sensación me produce.

Recuerdo haber recibido un regalo tuyo.
Pero..., si todo ha sido un sueño, me pregunto... ¿por qué conservo tu regalo?
Me encanta ese regalo; es tierno, dulce, imaginativo, sensible, adorable,¿como tú?
Recuerdo que no se lo puedo mostrar a nadie. Es sólo para mí.

Recuerdo tu sonrisa; te costaba tanto mostrarla.
Recuerdo que tenemos una cita, dentro de un año, o tal vez dos.

Te recuerdo,
pero...
¿Quién eres tú?

El Sol de la mañana ya nubla mis recuerdos..

Ajedrez

Ajedrez

Dos hombres se enfrentan a ambos extremos de un tablero de ajedrez.
Yo juego con blancas.
Otro individuo (es un funcionario o Dios) dicta cada jugada:
“Alfil negro come torre blanca”
Y el alfil negro se come a la torre blanca, y el abogado dice:
“Enroque”
Obediente, cambio de lugar mi torre y mi rey.
…
Esta jugada no parece la mejor opción, pero ¿cómo dudar de la palabra del Presidente de la República? Debo mover mi caballo, comerme el peón del adversario… si así lo ordena el Califa, así se hará…
…
“El rey negro retrocede a la casilla…”
¿Otra jugada errónea, mi general? Muevo mi rey, el rey negro, a la posición que me han indicado… ahí se queda, mi rey, amenazado por las tropas de mi adversario, y llegan las palabras inevitables:
“Jaque mate. Negras ganan”
Y yo jugaba con blancas…
…
El notario sigue dictando:
“El jugador de negras se levanta de la mesa de juego y da la mano a su adversario”
Me levanto de la mesa, le doy la mano.
“El jugador de negras se despide y sale a la calle”
Salgo.
“El jugador de blancas le sigue”
Le sigo.
“El jugador de blancas alcanza al jugador de negras y le clava una navaja en el costado”
Lo hago.
“El jugador de negras se desangra y se muere”
Me muero.

Pájaro

Pájaro

No sé qué hace ese pájaro carpintero (toc toc toc) picoteando (toc toc toc) el espejo donde me miro, justo donde se refleja mi frente, justo donde se refleja mi mente.
No sé por qué el cristal, en lugar de agrietarse y saltar en mil pedazos, se deja hacer, se deja taladrar (toc toc toc) como si fuera un pedazo de madera.
No sé por qué el agujero (a la altura de mi mente) es tan negro, tan absolutamente agujero.

(toc toc toc)

No sé qué está sucediendo. Tampoco sé por qué no me inquieta más lo que está sucediendo. En realidad, no me importa lo más mínimo.

(toc toc toc)

Tranquilamente, doy una calada a mi cigarrillo. El humo sale por el agujero del espejo. No sé por qué.

No sé cómo puede posarse un pájaro en un simple reflejo, en el reflejo de mi hombro. Quizá sea sólo un reflejo de pájaro carpintero. No lo sé.

¿Por qué no duele más esto? ¿Por qué me dejo hacer?

No lo sé (toc toc toc).

No sé por qué me pica la frente (toc toc toc). No sé por qué me roba las ideas.

(toc toc toc)

NO sé por qué me roba las palabras...

(toc toc toc)

No sé por qué me

frontera de madera

frontera de madera

Comencé a preocuparme por la caja que había sobre la mesa hacía ya dos meses, más o menos. Era una caja de madera humilde, como las manos que la hicieron, en sus vetas se podía ver la profundidad de las arrugas de esas manos. Llevaba sobre la mesa mucho tiempo, años, y siempre había servido para lo mismo. Por alguna razón la convertí en la jubilación de un par de bolígrafos sin tinta, que por motivos de la lógica ilógica, guardé cuando ya no podían contar nada. Estos dos eran los inquilinos permanentes, pero por la caja pasaban todo tipo de papeles, caramelos de los que regalan en los aviones, paquetes de tabaco sin terminar, y un sin fin de cosas que llegan a uno, y que se quedan sin hacer ruido hasta que un buen día, cuando las vas a buscar, ya no están. Tal vez por eso había tomado cariño a los dos bolígrafos, porque habían permanecido fieles a su refugio humilde, y fieles a mí.
Pero ocurrió que un día la caja, aquella caja de madera humilde que llevaba años conmigo, tuvo el mal gusto de ponerse a hablar, y evidentemente eso me preocupó aún más... Sí, tomó la palabra con una solemnidad que me dejó sorprendido, mucho más viniendo de aquel pedazo de árbol hecho caja, que nunca había pretendido nada, y que ahora me chistaba, me preguntaba, que me recordaba sin parar que era capaz de hablar. Al principio desconfié de ella, no me ofrecía garantías su voz, era áspera y chillona cuando exigía, pero calaba hasta la sangre cuando contaba historias que a mí ya se me habían caído de la memoria. Comenzamos a hablar más y más, intentábamos tener una tarde libre, a la hora del café, para contarnos nuestras cosas, las bolas de la semana, y algún que otro pecado sin confesar. Esa tarde que teníamos a la semana, pasó a ser otra, y otra más. La caja se había convertido en mi mejor amiga, me salvaba del hastío cotidiano, llevándome con sus palabras a la seguridad de las frases que quería oír. Eran tantas las cosas que me contaba, y que yo le contaba a ella, que las historias se comenzaron a mezclar en una sola. Yo veía que su madera estaba más fresca, tenía el brillo ligero de los árboles jóvenes que asoman a la tierra tras el invierno. Esa juventud recuperada me atraía hacia ella, que cada vez estaba más presente en todo, y en todas mis cosas, hasta el punto de que comencé a vestirme de color marrón. La caja no dejaba de decirme historias en las que siempre ocurría lo que en el pasado no llegó a ocurrir. Yo no tenía ojos, ni palabras, ni alma, para nadie más que para aquella caja. Ya no quería salir a la calle, no me apetecía ver a nadie, sólo quería estar junto a ella, y quise probar a pensar como pensaría una caja. Y lo conseguí, pensé en cuadrado, vi el mundo cuadrado, y todo me cuadró desde esa perspectiva.
Ella me regaló un año de su vida en un anillo de madera, y yo el resto de la mía, en el último anillo suyo donde el mundo era frontera...

© pokit in a pocket “frontera de madera”